Si usted arroja una rana viva a una cazuela con agua hirviendo, la rana con toda seguridad se salvará, pues ante la sensación abrasadora del agua en ebullición, el batracio se impulsará sobre el agua en centésimas de segundo y saltará fuera de la cazuela humeante. Pero existe una pequeña variante del experimento. Meta la misma rana en la misma cazuela, sólo que esta vez llena de agua fría. La rana se sentirá cómoda en su elemento, y no saltará. Luego caliente paulatinamente el agua, y verá como la rana termina su vida cociéndose sin que apenas se entere. ¿Qué ha pasado? Simplemente que en el segundo experimento la rana no detecta los pequeños cambios paulatinos, sino que percibe una agradable tibieza que termina llevándole a la muerte, pues cuando quiere reaccionar ya es tarde, bien porque carece de fuerzas, bien porque no encuentra la base necesaria para apoyar un enérgico salto o simplemente porque carece ya de la voluntad de salvarse.
Este es un ejemplo clásico que algunos autores dedicados a escribir sobre la gestión de empresas (como Peter Sengue en su libro “La Quinta Disciplina”) utilizan para ilustrar lo que les puede pasar a aquellas organizaciones que no detectan los pequeños aunque constantes cambios que experimenta el entorno: acaban por fracasar, pudiendo desaparecer cocidas en su propio inmovilismo y autocomplacencia.
La moraleja de este experimento puede ser trasladado perfectamente al ámbito social y político. En concreto, a mí me ha servido para comprender cómo el Pais Vasco ha podido llegar a la situación en la que se encuentra hoy.
Cuentan algunos, que durante cuarenta años se engendró la (...) rebelión ante la dictadura, inconformismo, espíritu de lucha, afán de libertad… todas las más honestas aspiraciones humanas surgieron en gran parte de la sociedad para librarse de los imperativos del dictador. La sociedad reclamó y luchó por lograr una democracia y un estado de derecho, por el fín de la represión, la tortura o el asesinato, por la libertad de expresión, por la pluralidad de pensamiento, así como por la apertura económica a los mercados ajenos a la autarquía imperante. Se trataba de conseguir, al menos, aire puro para respirar dentro del clima asfixiante y represivo que creó el franquismo.
Pero, veinticinco años despues de la muerte del dictador, la realidad del Pais Vasco es, paradójicamente, más asfixiante incluso que en la época del invicto. Cientos y cientos de ciudadanos vascos, muchos de ellos viejos luchadores antifranquistas, han sido y siguen siendo asesinados año tras año. Existe, como en aquellos tiempos, una línea de pensamiento monocolor fuera de la cual nadie, absolutamente nadie puede sentirse seguro. El poder ha generado recuas de gentes afectos al nuevo régimen. Por todas partes se dejan notar los eternos guardianes de la ortodoxia nacionalista; nuevos frentes de juventudes, seguidores ciegos la doctrina oficial, miríadas de chivatos que marcan y señalan a todo aquel que no comulga con la línea nacionalista, etc, etc, etc. Por ello, hoy puede afirmarse sin el menor género de duda que en el Pais Vasco no existe la libertad suficiente como para que funcione una democracia real. Desde el Defensor del Pueblo, hasta Amnistía Internacional, pasando por el Parlamento Europeo, todos reconocen que en el Pais Vasco existe una situación por la que el simple hecho de aspirar a ejercer cargos políticos distintos a la línea nacionalista acarrea un riesgo real y probable de muerte. Y por ello, un largo goteo de autoexiliados viene produciéndose año tras año. Empresarios, profesores, artistas, intelectuales, profesionales, abandonan su tierra porque se sienten amenazados, inseguros, excluidos o, simplemente, manipulados.
Y uno se pregunta…¿Cómo ha podido llegar la situación a este extremo? ¿Cómo un porcentaje enorme de una sociedad caracterizada por su espíritu inconformista y luchador se ha acomodado a la peor dictadura que quizá haya conocido el País Vasco en su larga historia? ¿Por qué ha llegado gran parte de la sociedad vasca a “comprender”, “justificar” y mirar para otro lado cuando se producen los más viles y cobardes asesinatos que uno pueda imaginar?. ¿Cómo tanta gente vasca acepta sin rechistar la permanente extorsión mafiosa de los cobradores “revolucionarios”? ¿Qué mecanismo mental les lleva a seguir aguantando y aguantando a esas juventudes fanáticas que cada día queman los autobuses, los comercios, cabinas telefónicas, bancos, centros oficiales, bajo la mirada complaciente del poder reinante?
Estamos, sin duda, ante el síndrome de la rana cocida. La respuesta está, claro, en la enorme habilidad que el partido nacionalista que ha ostentado el poder durante los últimos 20 años ha tenido para ir cambiando, sin prisa pero sin pausa, las condiciones del entorno. Aprovechando inicialmente el complejo de culpabilidad que España heredó por tantos años de franquismo, se fueron cediendo las primeras pequeñas cosas: la bandera oficial del Pais Vasco fue, casualmente, la bandera de un partido. Es como si la bandera de España fuese la rosa y el puño del PSOE, por ejemplo, o la gaviota del PP. Sería grotesco ¿verdad? Lo siguiente fue hacer que todos tuviésemos que conocer esta autonomía con el nombre de Euskadi, tanto si uno hablaba en vascuence o en castellano. Es decir, como si todos los castellanoparlantes debiéramos denominar Iles Balears a las Baleares o Catalunya a Cataluña. Luego, las Ikastolas comenzaron a adoctrinar niños y adultos con un mensaje perfectamente elaborado basado en un victimismo artificial y una manipulación de la historia, mensajes que fueron extendiéndose a los libros de texto normales de los colegios públicos. Poco a poco se iba cambiando la historia, la denominación de los territorios, introduciendo agravios inexistentes en los pequeños y entrenándoles a odiar al invasor.
La televisión nacionalista tambien iba reforzando los mensajes, mientras los políticos, arropados por su fiel aliada, -la mayoría de la- Iglesia -vasca-, iban refinando un lenguaje tan hipócrita como eficaz: la equidistancia ante los más brutales asesinatos, las menciones al proceso de “pacificación” del pueblo vasco, las constantes referencias al “problema vasco”, la condena a la “violencia de ambos lados”. Las tibias condenas a ETA venían siempre seguidas de balones de oxígeno que impedían su extinción definitiva.
El agua hoy sigue calentándose. Y la rana sigue cociéndose. Ya se empieza a introducir un carnet de identidad vasco, con el que se discrimará definitivamente al disidente del aquellos de la adhesión inquebrantable al régimen. Luego seguirá el loco intento de anexión de Navarra y del Pais Vasco Francés, y así hasta lograr la quimera inalcanzable de Euskal Herria Una, Grande y Libre.
Cualquier persona no analfabeta debería darse cuenta de que el proyecto engendrado por la soberbia sin límites del loco de Arzalluz puede acabar en un desastre sin precedentes. Los grandes conflictos europeos de la última parte del siglo pasado empezaron exactamente así. Pero sus votantes siguen cociéndose poco a poco en un agua que empieza ya a humear.
Afortunadamente, otras ranas han aprendido a detectar más y más los cambios de la temperatura del agua. Y, por eso, hoy la otra mitad de la población vasca se rebela cada vez más contra el pensamiento único, contra la dictadura intolerante que impone el PNV, contra la línea contínua de la estrategia que empieza con el victimismo cuidadosamente inculcado en la escuela y que acaba con el tiro en la nuca o con el coche bomba. "(...)
Este análisis de Felipe Martínez el 29 de marzo de 2001, decía finalmente que los vascos se jugaban mucho en las últimas autonómicas y efectivamente así ha sido, como tambien nos hemos jugado mucho el resto de españoles en las elecciones del 2004, falta ver si llegaremos a tiempo de rectificar.
Una cosa está clara, y este artículo nos sirve de reflexión a los valencianos, el Rat Penat, también está en un caldero y el fuego está encendido, aún va más lento que la hoguera vasca, pero el agua empieza a estar templadita. En los 80 salimos volando cuando intentaron cocernos a todo gas y como ejemplo fueron esas dos banderas ondeando al viento, la aragonesa hoy catalana, en el Palau de la plaza de Manises, la Real Señera en el Micalet de la Seu. Hoy, visto el error, han fet una paella y han dejado solo las brasas, pero han colocado una la red trenzada durante decadas por arriba, y esta empieza a cerrarse sobre la paella sin dejar resquicio por donde escapar, para que nadie pueda volar y así, a fuego lento, nos cocerán.
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