Así pues, nadie debe poner en duda la importancia de la lengua. La imposición de la lengua catalana en Valencia y Baleares es una arma peligrosísima en manos del catalanismo. Si se permite la aniquilación del valenciano y el mallorquín, luego vendrá el español y con ello el sentimiento diferencial dentro del conjunto de la nación española, finalmente, la destrucción de lo que quede de España. ¿Alguien puede poner en duda la viabilidad económica y demográfica de un estado que incluya Cataluña, Valencia, Baleares y medio Aragón, o todo Aragón que más da, ya hemos descubierto la corona catalano-aragonesa como referente historico, naturalmente, capital en Barcelona?
Pues ya puede el PP cambiar el chip y no ceder ni un ápice más a los catalanistas, que a fin de cuentas, son tan responsables de lo que tenemos como el PSOE.
Libertad Digital, La Revista
http://revista.libertaddigital.com/articulo.php/1276231669
"La educación es el arte de administrar adecuadamente los noes hasta que el sujeto que los recibe pueda administrarlos por sí mismo".
Esta sentencia del psicólogo y profesor Juan Antonio Cordero nos evidencia que la civilización se construye con límites, los límites que no ha sabido poner Rodríguez Zapatero ni en las escuelas ni en la reforma del Estatut.
Cuando el primer Gabinete de Felipe González acogió gustoso la filosofía de la reforma educativa que le venía vía CiU, en los 80, los nacionalistas aceptaron gustosos que fuera el Gobierno de España quien la llevara a cabo. La filosofía de la Logse venía como anillo al dedo a los nacionalistas: el Estado estaba dispuesto a ceder el 45% del currículum a las autonomías con dos lenguas oficiales. Con la autonomía plena en Educación, el 45 % del currículum (la LOE cede ahora el 55%) y la filosofía de plastilina de la Logse, los nacionalistas podían manejar el ideario de la escuela en la dirección que les apeteciese.
Y les apeteció ponerle rumbo a la construcción nacional, a través de la lengua. O lo que es lo mismo, vieron en el sistema educativo no el camino para lograr ciudadanos cultos, autónomos y libres, como soñaron los ilustrados, sino el torno para reducir la creatividad y la pluralidad a la identidad nacional catalana.
Quien fuera jefe del Servicio de Enseñanza del Catalán (Sedec) durante todo el pujolismo (de 1984 a 2003), Joaquín Arenas, se ufanaba en abril de 2004, en la revista Docència, de que la Logse les dejó manos libres para catalanizar la escuela en los años 80, cuando ni siquiera existía el decreto de inmersión de 1992: "La reforma educativa ens va permetre de fer l’extensió del programa d’inmersió fins als dotze anys". Y se remonta a la Generalitat Provisional de Catalunya para afirmar que ya entonces se tenía claro que "l’escola havia de ser catalana per la llengua, els continguts i les actitutuds".
Esta connivencia entre nacionalismo y Logse explica que sindicatos como CCOO, UGT y USTEC-STEs hayan cooperado en el desastre educativo durante los últimos 20 años, con una fe que no siempre tuvieron sus homólogos nacionales.
Como vemos, ya desde el principio el objetivo último de la reforma educativa en Cataluña fue la construcción de una identidad catalana; y el objetivo inmediato: conseguir, en dos, tres o cuatro generaciones de escolares, la adhesión a la cosmovisión nacionalista. La calidad, así, quedaba subordinada a la identidad.
Los instrumentos para conseguirlo fueron y son la historia y la lengua.
La historia siempre ha sido campo tentador y propicio para introducir todo tipo de cosmovisiones nacionales. Nuestros nacionalistas no iban a ser menos. Y lo han hecho por dos frentes; el primero y más directo: la manipulación de contenidos a través de los sentimientos nacionales, cuya credibilidad venía reforzada por la empatía de medios de comunicación y partidos políticos y por la colaboración militante de un número considerable de maestros y profesores; y el segundo: el páramo desolador que el sistema educativo Logse ha dejado, después de analfabetizar a nuestros jóvenes. Si los contenidos no importan, si acaban por desconocer el pasado, es fácil, muy fácil llenar ese vacío con la ficción nacionalista, basada en la irracionalidad futbolera de los míos y los otros.
No será posible después convencer a nuestros jóvenes del error de sus convicciones: lo que fue falseado sin contraste y sin datos a través de los sentimientos, difícil será desenmascararlo a través de la razón. Esa será ya su única verdad, y oponerse a ella será agredir sus más profundas creencias. El mundo virtual creado por sus mayores será ahora real, y quien se oponga a él será un enemigo, no un conciudadano. Ya tienen coartada moral para emprender cualquier empresa sin mala conciencia. ¡No lo olviden!
Atendamos a lo que dice Amin Maalouf en un librito precioso, Identidades asesinas:
"… es fácil imaginar de qué manera puede empujar a los seres humanos a las conductas más extremas: cuando sienten que 'los otros' constituyen una amenaza para su etnia, su religión o su nación, todo lo que pueden hacer para alejar esa amenaza les parece perfectamente lícito; incluso cuando llegan a la matanza, están convencidos de que se trata de una medida necesaria para preservar la vida de los suyos. Y como todos los que le rodean comparten ese convencimiento, los autores de la matanza suelen tener buena conciencia, y se extrañan de que los llamen criminales. No pueden serlo, se juran, pues sólo tratan de proteger a sus ancianas madres, a sus hermanos y hermanas, a sus hijos".
La lengua. Éste es el gran instrumento, desde siempre; pero también desde siempre debían enfrentarse al derecho, que consagran nuestra Constitución y el Estatut de Catalunya del 79, a la libre elección lingüística sin aparecer como censores y sin contradecirse con su lucha histórica por el derecho a la educación en lengua materna, cuando era la catalana la lengua excluida de la escuela.
Para ello han utilizado innumerables estrategias de acoso moral: quizás la más tramposa sea la que sostiene que la "libertad de elección lingüística" en las escuelas conduce a la segregación escolar y al enfrentamiento civil. Les era preciso, por tanto, convertir el catalán en eje vertebrador de la cohesión social. En las instrucciones de principios del presente curso (resolución del 1 de julio de 2005) se ordena "la necessitat d’usar la llengua catalana com llengua comuna de cohesió social". Es una vieja cantinela que nos han repetido hace años izquierdas y derechas, aunque la maternidad se la debemos a la izquierda a principios de los 80, cuando ni la misma Corvergencia iba más allá de la doble red escolar.
¿No dependerá la paz social más de los esfuerzos que hagamos en la escuela por enseñar a nuestros jóvenes a respetarse en sus diferencias religiosas, ideológicas, lingüísticas y étnicas, etcétera, que de negar el ejercicio de la libertad?
Junto a esa disculpa de la cohesión social se amontonan otras muchas estrategias de acoso moral para hacer de la lengua catalana la única del sistema educativo, aunque una de las más infames es la de reciclar el concepto de lengua materna y convertirlo en lengua de la patria. ¡Córcholis! Ahora la lengua materna no es la de tu madre, sino la de la tierra.
Por consiguiente, será el catalán, y sólo el catalán, la lengua de la escuela. Claro que para eso habían de demostrar que la lengua de la tierra, de la patria, era la lengua catalana. Lo hicieron: sólo tenían que otorgar al concepto antropológico de "lengua propia", impuesto en el Estatut de 1979, valor jurídico. Y en eso se empeñaron en la segunda ley de Política Lingüística de la Generalitat, 1998; capítulo III, artículo 20, punto 1: "El català, como a llengua pròpia de Catalunya, ho és també de l’ensenyament, en tots els nivells i les modalitats educatives".
En un principio, decía, la inclusión en el Estatuto de Cataluña del concepto de "lengua propia" pretendía especificar el estatus histórico que la lengua catalana poseía en Cataluña. Es decir, se hacía mención a que tal lengua era autóctona de este territorio, como el suahili de Kenia o el guaraní de Paraguay. En ningún caso tal concepto justificaba rango jurídico alguno sobre la lengua común española. Y así se vendió en su momento por parte de todos. Por eso el artículo 3 del Título Preliminar, en su apartado 1, dice: La lengua propia de Cataluña es el catalán. Una gansada cultural, nada más, como ahora el concepto de "nación" en el Preámbulo del nuevo Estatut.
Un experto en Derecho Constitucional tendría motivos más que suficientes para preguntarse por qué los legisladores se empeñaron en hacer antropología lingüística en un texto jurídico. Ahora ya lo sabemos. Preparaban el futuro, esperaban la oportunidad favorable para hacer el cambiazo y, en nombre de la lengua propia, excluir derechos al español.
Zapatero debería saber cuán grande es el error de dejar colar el concepto de "nación" en el Preámbulo, aunque no tenga valor jurídico. Sólo nos queda apostar cuánto tardarán en recurrir a él para justificar jurídicamente el derecho de autodeterminación, la opcionalidad de la lengua española o un Estado propio.
¿Por qué esta obsesión por hacer de la lengua catalana el eje vertebrador del sistema educativo? Ellos mismos nos lo dicen. En el Pacte Nacional per a l’Educació, que el Tripartito trata de imponer, basta entrecomillar frases sueltas que van dejando como mojones por todo el texto para visualizar su obsesión por la construcción de la identidad nacional. La lengua "es un component esencial de la identitat personal (…) aprendre llengua és aprendre a ser…" "El català és la llengua pròpia de Catalunya i la singularitza como a pople".
Si queda alguna duda, la plana mayor del actual Tripartito en materia cultural y educativa, empezando por la Consellera d’Educació, Marta Cid, i seguin per Josep Bargalló, responsable de la política lingüística del Gobierno de Cataluña, participaron en el III Congreso de Cultura Catalana del año 2000, donde se determinó que había que "fer els canvis necesaris per garantir que l’escola i l’ensenyament en general siguin una eina de transmisió de la nostra identitat i, per tant, de la nostra cultura y la nostra llengua".
Continuará.
antoniorobles@hotmail.com