Poco más se puede añadir a las palabras de Don Miguel Ramón Izquierdo.
Miércoles 29 de noviembre
“No sé qué más necesitan los valencianos para reaccionar”
23.11.06 | 20:16. Archivado en Gent
Héctor González
Miguel Ramón Izquierdo recibe a Valéncia Hui en su despacho de la calle Guillem Sorolla en pleno centro de la ciudad que dirigió. Lo hace algo encorvado debido a la dolorosa rotura de una vértebra que ha sufrido, pero, una vez se repantiga en su cómoda butaca desde la que ha tramitado miles de casos, ya esboza una venerable y cautivadora sonrisa y abre las compuertas verbales a un jugoso torrente de recuerdos.
Al margen de su maltrecha vértebra, ¿cómo se encuentra su salud?
Estoy bien, aunque abuelo. Tengo ya 86 años, y hace cinco me operaron del corazón. Aún tomo pastillas por ese motivo.
Pero mantiene su actividad, ya que acude todos los días a su despacho de abogado y no precisamente para pasearse, sino para ejercer. ¿No piensa jubilarse?
Seguiré mientras San Pere tenga paciencia. Vengo todas las mañanas, y por las tardes me quedo en casa, tumbado, por prescripción médica. Mi verdadera profesión es la de abogado; la otra resultó circunstancial.
El que fuera alcalde de Alicante en su misma época, José Manuel Martínez, ha presentado sus memorias para explicar su visión de aquella época de transición. ¿Aportará usted también su testimonio histórico a los valencianos?
Yo escribo, aunque con muchos intervalos. No redacto mis memorias, sino una especie de capítulos monográficos en los que hablo de mi etapa como primer edil de Valencia, que duró del 18 de septiembre de 1973 al 20 de abril de 1979. Algunos se apuntan muchos tantos de la transición, pero no se acuerdan de los alcaldes que estábamos expuestos a tantas críticas. Dispongo de buena memoria y me hallo en condiciones de escribir, pero no quiero publicar. Mis relatos no transpasarán el ámbito familiar.
Insiste en que ante todo es abogado. Con la perspectiva del tiempo, ¿cómo observa el cambio que le llevó de los juzgados al hemiciclo de Valencia?
Mi máxima aspiración consistía en dirigir el decanato del Colegio. No pretendía otra cosa. Pero en cuanto me eligieron me buscó el gobernador para ocupar la alcaldía. Me apretó y me dijo: “¿Tu eres valenciano o no?” Le respondí que sí y me contestó que “entonces, a trabajar por Valencia”. Y posiblemente por vanidad acepté. Hice una consulta a mi familia y a mi junta de abogados, pero qué me iban a decir.
Recuerda Lola García Broch, política para la que usted supone un auténtico maestro, que siempre le insistía, tras asumir la Concejalía de Educación, en que “cuando alguien te lleve algo con mucha urgencia, déjalo dormir”. ¿Tanta presión sufre un alcalde?
Recibe con frecuencia a visitantes que le comentan que van a traer todo tipo de cuestiones positivas para la ciudad. Eso te obliga a tener mucho ojo, a juzgar a estas personas, aunque ésa es una característica que me viene de mi formación de abogado.
También repetía, y lo aplicó con ahínco, que “hay que hablar el castellano o el valenciano sin manías”. ¿Siempre lo ha hecho así?
Al principio de acceder a la alcaldía me reuní con el presidente de Lo Rat Penat, que por aquel entonces era Emili Beut. Me planteé cómo hablarle, pues yo sé el valenciano que me enseñó mi madre y no el academicista suyo, por lo que temía que me criticaran. Por otra parte, en castellano no me parecía correcto dirigirme a un portavoz de una entidad valencianista. Entré en la sala donde me esperaban y les comenté que ante una asamblea tan docta tenía mis reparos en hablar en valenciano, pero que lo iba a hacer porque peor que utilizar mal mi lengua natal es no emplearla. Y si mi madre me educó a decir “mosatros”, pues yo lo empleaba así y no recurría al estilizado “nosatres” de Lo Rat, que así evita el “nosaltres”.
Transcurridos 27 años de su adiós a la vara de mando, ¿cree que se retiró a tiempo, después de un sexenio de alcalde, o que podía haber extendido su gobierno?
Fraga y Suárez me pidieron que me presentara como cabeza de lista de AP y UCD, respectivamente, pero yo ya había advertido que cuando acabara mi mandato volvería al despacho. Martín Villa me llamó para decirme que “la afición confía en ti”, y yo le respondí que “no toreo”. Estoy contento de haber sido alcalde. Tuve momentos de alegría, como la apertura del parque de Ayora, el de Benicalap o el Museo de la Ciudad. En aquella época apenas recibíamos dinero para hacer inversiones. Recuerdo que cobraba 33.000 pesetas al mes por todos los conceptos y en 12 pagas. Los comunistas decían que algo más ganaría, pero levantaron las alfombras y allí no encontraron nada.
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